Y si no fuera la realidad

Querido/a amigo/a:

Hay un tema del que me apetecía mucho hablaros esta semana. Uno de esos temas que forman parte de nuestra vida todos los días y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar de verdad: Nuestros pensamientos.

Porque pueden influir en cómo nos sentimos, en las decisiones que tomamos, en la manera en la que nos relacionamos y, sin darnos cuenta, en la forma en la que vivimos nuestra propia realidad.

Y quizá lo más sorprendente sea que no siempre somos conscientes de que estamos pensando.

Pensamos y reaccionamos.

Pensamos y decidimos.

Pensamos y sentimos.

Y muchas veces confundimos lo que nuestra mente nos cuenta con lo que realmente está sucediendo.

Hace siglos, Séneca escribió una frase que me parece extraordinaria:

“Sufrimos más en la imaginación que en la realidad”

Porque muchas veces no sufrimos tanto por lo que está ocurriendo, sino por lo que creemos que está ocurriendo, por lo que imaginamos que ocurrirá o por la historia que nuestra mente construye alrededor de un hecho.

Imagina que alguien te dice: Tenemos que hablar. Solo eso. Tres palabras.

Y, antes de saber absolutamente nada más, nuestra cabeza puede empezar a construir una historia:

“Seguro que ha pasado algo”

“Está enfadado conmigo”

“He hecho algo mal”

“¿Y si ocurre algo grave?”

En unos segundos podemos sentir miedo, ansiedad o tristeza. Pero si nos detenemos, todavía no ha ocurrido nada. Solo ha aparecido un pensamiento, y un pensamiento no siempre es la realidad.

Aquí hay algo que me parece fundamental entender.

Nuestros pensamientos no provocan directamente nuestras acciones.

Entre una cosa y otra hay varios pasos.

Primero ocurre algo.

Después, nuestra mente lo interpreta.

Esa interpretación genera una emoción.

Y esa emoción nos impulsa a realizar una acción.

Y nuestras acciones, repetidas una y otra vez, terminan construyendo buena parte de nuestra experiencia.

Podríamos resumirlo así:

Situación – pensamiento – emoción – acción – resultado.

Y entender esta cadena puede ser tremendamente liberador, porque significa que, aunque no siempre podamos elegir lo que ocurre, sí podemos empezar a observar lo que sucede dentro de nosotros después de que ocurra.

Imagina que mandas un mensaje a alguien importante para ti y no responde.

El hecho es simplemente ese: no ha respondido.

Pero a partir de ahí pueden aparecer pensamientos muy diferentes:

“Está ocupado”

“Ya me responderá”

O:

“Está enfadado conmigo”

«He debido decir algo que le ha molestado”

“Ya no le importo”

La situación es exactamente la misma. Lo que cambia es la interpretación. Y esa interpretación cambia la emoción.

Si piensas “está ocupado”, probablemente sigues con tu día.

Si piensas «está enfadado conmigo», quizá aparezca ansiedad.

Y desde esa ansiedad puedes hacer algo que, en otro estado emocional, jamás harías:

mandar varios mensajes, exigir una explicación, alejarte, ponerte a la defensiva, y entonces quizá la otra persona se sorprenda de tu reacción. No porque hayas reaccionado a lo que realmente estaba ocurriendo.

Sino porque reaccionaste a lo que tu pensamiento te hizo creer que estaba ocurriendo.

¿Te das cuenta de lo poderoso que es esto?

Por eso creo que uno de los aprendizajes más importantes que podemos hacer es convertirnos en observadores de nuestra propia mente.

Observar no significa controlar, ni juzgar, ni intentar eliminar inmediatamente todo pensamiento negativo. Significa simplemente darnos cuenta.

“Estoy pensando que esto va a salir mal”

“Estoy pensando que no soy capaz”

“Estoy imaginando que esa persona está enfadada conmigo”

“Estoy anticipando algo que todavía no ha sucedido”

Y hay una diferencia enorme entre decir:

“Esto va a salir mal”

y decir:

“Estoy teniendo el pensamiento de que esto va a salir mal”

En la segunda frase aparece un pequeño espacio. Y en ese espacio recuperamos libertad.

Porque ya no estamos dentro del pensamiento, estamos observándolo. Y aquí quiero hacer una aclaración importante.

A veces hablamos de pensar en positivo como si consistiera en obligarnos a sustituir cualquier pensamiento negativo por uno maravilloso. Pero no creo que funcione así.

Si tienes miedo de algo y te dices:

“No tengo miedo. Todo va a salir perfecto”

probablemente una parte de ti no se lo crea. Y además, no necesitamos mentirnos para sentirnos mejor.

Podemos aprender a pensar de una manera más amable, más realista y más útil.

Por ejemplo:

“No puedo hacerlo” puede convertirse en: “Ahora mismo no sé cómo hacerlo, pero puedo aprender”

“Seguro que todo sale mal” puede transformarse en: “No sé qué va a ocurrir. Puedo ocuparme de lo que sí está en mis manos”

“No soy suficiente” puede convertirse en: “Estoy aprendiendo y no necesito hacerlo todo perfectamente para tener valor”

Eso sí es pensar en positivo. No negar la realidad, ampliarla. Dejar de mirar únicamente la posibilidad que nos da miedo y abrir espacio a otras posibilidades.

Y hay otra cosa todavía más importante: no tenemos que luchar contra nuestros pensamientos.

Porque cuanto más intentamos decirnos no quiero pensar en esto, más presente puede hacerse.

Es como intentar no pensar en un elefante rosa. De repente, ahí está.

Por eso, cuando aparezca un pensamiento que te incomoda, quizá puedas probar algo diferente: observarlo, aceptarlo y dejarlo pasar.

“Estoy teniendo este pensamiento”

“Entiendo que mi mente esté intentando protegerme”

“Pero no necesito actuar ahora mismo”

No tienes que discutir con tu mente. No tienes que convencerla. No tienes que enfadarte contigo por pensar así. Puedes simplemente reconocerlo.

Porque aceptar un pensamiento no significa estar de acuerdo con él. Significa dejar de luchar contra el hecho de que ha aparecido. Y desde ahí, elegir qué haces con él.

A mí me parece especialmente bonito pensar que nuestra mente muchas veces intenta protegernos. Anticipa problemas, busca peligros, recuerda aquello que salió mal, intenta evitar que volvamos a sufrir.

El problema aparece cuando dejamos que ese mecanismo de protección conduzca nuestra vida.

Porque una mente que intenta protegerte puede terminar convenciéndote de que no arriesgues.

De que no cambies.

De que no confíes.

De que no hables.

De que no empieces.

De que es mejor quedarte donde estás.

Y quizá no necesites silenciar esa voz. Quizá solo necesites aprender a responderle:

“Gracias por intentar protegerme. Pero ahora voy a decidir yo”

Hay algo que puedes hacer la próxima vez que sientas una emoción intensa.

Párate y hazte estas cuatro preguntas:

¿Qué ha ocurrido realmente?

Separando los hechos de la historia.

¿Qué estoy pensando sobre lo que ha ocurrido?

Poniendo nombre a ese pensamiento.

¿Qué emoción me está provocando?

Miedo, tristeza, rabia, inseguridad…

Y después:

¿Qué estoy haciendo como consecuencia de esta emoción?

Porque ahí puedes empezar a cambiar la cadena.

Quizá no puedas cambiar lo que ocurrió, pero sí puedes cuestionar la interpretación.

Y al cambiar la interpretación, puede cambiar la emoción. Y al cambiar la emoción, puede cambiar tu respuesta. Y al cambiar tu respuesta, puede cambiar el resultado.

Quizá por eso conocernos sea una de las tareas más importantes de nuestra vida.

No solo saber qué nos gusta, qué queremos, qué hacemos.

Sino saber qué nos decimos cuando nadie nos escucha.

Porque ahí viven muchas de nuestras decisiones.

Ahí están nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras creencias. Y también muchas de nuestras posibilidades.

Así que esta semana te propongo algo muy sencillo. No intentes pensar diferente todo el tiempo. Intenta observarte.

Observa ese pensamiento que aparece una y otra vez. Ese que te limita, que te hace reaccionar, que lleva años diciéndote que no puedes, que no eres suficiente, que algo va a salir mal.

Y pregúntale:

¿Esto es un hecho o es una historia?

¿Este pensamiento me protege o me limita?

¿Hay otra manera de interpretar lo que está ocurriendo?

Y después elige un pensamiento más amable, pero también más verdadero.

Porque no se trata de engañarnos. Se trata de dejar de vivir bajo el mandato de pensamientos que quizá nunca hemos cuestionado.

No podemos elegir todos los pensamientos que aparecen en nuestra cabeza, pero podemos aprender a observarlos.

Podemos decidir cuáles alimentamos, cuáles cuestionamos, cuáles dejamos pasar y cuáles elegimos convertir en nuevas posibilidades.

Porque quizá la libertad no consista en conseguir que nuestra mente deje de tener miedo.

Quizá consista en sentir miedo y no dejar que ese miedo decida por nosotros.

Y quizá nuestra realidad no cambie de un día para otro porque pensemos diferente. Pero sí puede cambiar algo mucho más importante: la manera en la que la vivimos.

Y cuando cambia la manera en la que miramos lo que nos ocurre…

Cambian nuestras emociones.

Cambian nuestras decisiones.

Cambian nuestras acciones.

Y, poco a poco,

Puede empezar a cambiar nuestra vida.

P.D.: Antes de despedirme, quería compartir contigo algo que me hace especial ilusión.

Después de mucho tiempo dando vueltas a ideas, cambiando cosas y pensando cómo quería que fuera, mi web tiene nueva versión. Y, de alguna manera, siento que no es solo una web nueva, es un poquito más de mí.

Un espacio donde quiero reunir todo lo que hago y todo aquello que quiero seguir compartiendo contigo.

He intentado que sea sencilla, cercana y muy yo.

Así que, si te apetece, te invito a entrar y descubrirla pinchando aquí

Me encantará saber qué te parece.

Gracias, como siempre, por estar al otro lado.

Un abrazo enorme,

Noelia

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