Una película que me ha dejado una gran reflexión

Hola amigo/a,

Esta semana estoy de vacaciones en Málaga con mi familia. Los siete. Y no puedo dejar de dar las gracias.

Gracias por poder viajar juntos.

Por escuchar las risas de mi marido y de mis hijos.

Por desayunar cada mañana con mi marido.

Por las conversaciones en cada comida y en cada cena.

Por las fotos que seguramente olvidaremos mirar durante meses y que, algún día, se convertirán en uno de nuestros mayores tesoros.

Anoche, después de cenar, nos sentamos todos juntos a ver la película Soul.

Pensé que sería una película infantil, pero Pixar me volvió a sorprender y aprendí una lección sobre cómo vivir la vida.

Joe Gardner lleva toda su vida soñando con convertirse en pianista de jazz.

Tiene un trabajo estable como profesor, el trabajo que cualquiera consideraría una buena oportunidad. El trabajo que su madre desea para él. Pero él siente que no es suficiente.

Está convencido de que su verdadera vida empezará el día que consiga tocar con los grandes músicos. Y entonces sucede…

Llega la oportunidad con la que llevaba soñando toda la vida.

Pero, justo cuando corre hacia ella, va tan pendiente del futuro que deja de mirar dónde pisa, y un accidente cambia absolutamente todo.

Mientras veía esa escena pensé en cuántas veces hacemos exactamente lo mismo.

No hace falta caer por una alcantarilla para dejar de vivir. A veces basta con pasar años diciéndonos:

«Cuando tenga más tiempo…»

«Cuando los niños sean mayores…»

«Cuando termine este proyecto…»

«Cuando gane más dinero…»

«Cuando consiga ese sueño que llevo tanto tiempo persiguiendo…»

Sin darnos cuenta, convertimos el presente en una sala de espera.

Y ese es el verdadero peligro, esa es nuestra alcantarilla.

Porque nadie nos garantiza que vayamos a llegar al momento que imaginamos.

Pero incluso aunque lleguemos…

La película nos regala una de las lecciones más bonitas que he escuchado nunca.

Joe consigue aquello por lo que llevaba luchando toda su vida. Y descubre algo inesperado: No siente esa felicidad inmensa que había imaginado durante años.

Porque ningún sueño tiene el poder de llenar una vida que hemos pasado demasiado tiempo dejando en pausa.

Y entonces entendí cuál era, para mí, el verdadero mensaje de Soul.

No todos tenemos una gran misión. Nuestra chispa no es una meta.

Nuestra chispa es la capacidad de estar vivos. Es emocionarte con una conversación, reírte sin mirar el reloj, sentir el sol en la cara, escuchar de verdad a quien tienes delante, preparar una comida para las personas que quieres, mirar cómo tus hijos crecen sin tener la cabeza en el siguiente objetivo.

La vida no empieza cuando alcanzas un sueño. La vida estaba ocurriendo mientras corrías detrás de él.

Pero que la vida ocurra hoy no significa que debamos dejar de soñar.

Al contrario.

Creo profundamente que los sueños son necesarios.

Son los que nos hacen levantarnos cuando las cosas se complican. Los que nos empujan a aprender, a crecer y a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Los sueños nos mantienen vivos. Nos llenan de ilusión. Nos recuerdan que siempre existe un horizonte hacia el que caminar.

El problema nunca son los sueños. El problema es convertirlos en la condición para ser felices. Esperar a vivir cuando llegue ese ascenso, cuando tengamos esa casa, cuando lancemos ese proyecto, cuando los niños crezcan, cuando por fin encontremos tiempo. Y, mientras tanto, olvidarnos de mirar todo lo que ya tenemos.

Entonces comprendí una frase que quiero tener siempre presente:

“Los sueños le dan dirección a nuestra vida. El agradecimiento le da sentido”.

Necesitamos los sueños para saber hacia dónde caminar. Pero necesitamos el agradecimiento para descubrir que la vida ya está ocurriendo mientras caminamos.

Quizá el verdadero equilibrio consista precisamente en eso.

Seguir soñando sin dejar de vivir.

Construir el futuro sin abandonar el presente.

Perseguir aquello que nos ilusiona sin dejar de agradecer todo lo que ya existe.

Porque una vida sin sueños puede perder el rumbo.

Pero una vida sin agradecimiento puede perderse incluso habiendo llegado a la meta.

Y mientras escribo estas líneas desde Málaga, pienso en algo que me emociona.

Dentro de unos años no recordaré qué he comido hoy o que he hecho por la mañana. Recordaré como me hicieron sentir las risas de mis hijos, las conversaciones sin prisa, los desayunos con mi marido, los abrazos, las miradas, los pequeños momentos que hoy parecen normales y que, sin hacer ruido, acabarán convirtiéndose en los recuerdos más valiosos de mi vida.

Quizá esa sea la mayor lección que me llevo de Soul:

“Los grandes sueños merecen ser perseguidos. Pero los pequeños momentos merecen ser vividos”.

Porque la vida no sucede el día que cumplimos un sueño. La vida sucede hoy.

No dejes que la vida que sueñas te haga olvidar la vida que ya tienes.

Un abrazo enorme,

Noelia

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