Hola amigo/a,
Hay objetos que no son solo objetos. Guardan una voz, unas manos, una forma de mirar la vida.
Y, a veces, también guardan una oración.
Mi abuela materna fue siempre una mujer de mucha fe. En una de las habitaciones de su casa tenía una figura de Jesús de Medinaceli que cuidaba con una devoción sencilla y profunda.
La recuerdo rezando, pidiendo por nosotras, confiando, incluso cuando seguramente tendría sus propios miedos, sus preocupaciones y esas preguntas que todos nos hacemos alguna vez y que no siempre tienen respuesta.
Su fe formaba parte de la casa.
Cuando llegó el momento de ingresar a mi abuela en una residencia, fui yo quien la acompañó.
Aquel día no la dije nada. Supongo que hay momentos en los que una intenta sostenerse por fuera mientras por dentro se le mueve toda la vida. Dejarla allí fue mucho más que cerrar una puerta. Era aceptar que una etapa terminaba y que aquella casa, la casa de tantos recuerdos de infancia, ya nunca volvería a ser la misma.
Al día siguiente regresé con una idea muy clara: No quería que su Jesús de Medinaceli se quedara solo.
Sabía que la casa terminaría vaciándose poco a poco. Que cada objeto encontraría un nuevo lugar o quizá dejaría de tenerlo. Y, sin embargo, había algo que yo necesitaba cuidar. Su Jesús.
La misma imagen ante la que mi abuela había rezado durante tantos años. La que había escuchado sus agradecimientos, sus preocupaciones y todas las veces que había puesto nuestras vidas en manos de Dios.
Fue lo único que quise llevarme de su casa.
Porque, de alguna manera, sentía que ahora me tocaba a mí cuidarlo. Y prometí, en silencio, que nunca estaría solo.
Hoy está junto a la cabecera de mi cama.
Cada mañana, antes de que el día empiece a llenarse de prisas, responsabilidades y ruido, doy gracias y encomiendo lo que está por venir.
No pido que todo sea fácil.
No pido una vida sin dificultades.
Pido fuerza para aceptar lo que no puedo cambiar, sabiduría para tomar las decisiones que me corresponden y fe para confiar cuando todavía no veo el camino.
Por la noche vuelvo a mirar a Jesús y doy gracias otra vez.
Por lo bueno que ha ocurrido. Por lo que no salió como esperaba. Por lo que entendí y también por aquello que todavía no comprendo.
Durante mucho tiempo podemos pensar que la fe consiste en tener todas las respuestas. Pero quizá la fe sea precisamente lo contrario.
Tal vez sea seguir caminando cuando no tenemos ninguna.
Confiar no significa saber qué sucederá mañana. Significa aceptar que no tenemos que sostenerlo todo con nuestras propias manos.
Porque hay días en los que sentimos que podemos con la vida entera.
Y hay otros en los que necesitamos descansar el peso de nuestras preocupaciones en algún lugar.
Para mí, la fe es ese lugar.
No elimina el miedo, pero evita que el miedo tenga la última palabra. No borra el dolor, pero lo acompaña. No cambia siempre las circunstancias, pero puede cambiar la manera en la que las atravesamos.
Cada día miro a Jesús y pienso en mi abuela. En todas las veces que rezaría por mí sin que yo lo supiera. En todas las noches en las que pronunciaría nuestros nombres y dejaría nuestras vidas confiadas a Dios.
Entonces entiendo que aquella figura no llegó a mi casa por casualidad.
Mi abuela me dejó mucho más que los recuerdos maravillosos de mi infancia. Me dejó su manera de confiar. Me dejó una fe vivida en silencio, sin presumir de ella, sin imponerla, sin necesitar explicarla.
Quizá tú también tengas algo que te recuerde de dónde vienes: una imagen, una oración, una costumbre familiar, unas palabras que alguien repetía cuando las cosas se ponían difíciles.
Quizá hoy estés viviendo un momento de incertidumbre.
Tal vez estés esperando una respuesta, atravesando una preocupación o intentando encontrar claridad en un camino que todavía no sabes dónde termina.
Ojalá puedas recordar esto:
No necesitas tener resuelto todo el futuro para dar el siguiente paso. Solo necesitas saber que no caminas solo.
Mi abuela ya no reza en aquella habitación.
Pero, de alguna manera, cada mañana, cuando miro a su Jesús y encomiendo mi día, siento que su oración continúa en mí.
Porque hay herencias que no se guardan en una caja ni se escriben en un testamento.
Hay herencias que nos enseñan a mirar al cielo cuando la vida pesa y a seguir caminando con la certeza de que, incluso en nuestros días más inciertos, alguien sostiene nuestra mano.
Un abrazo enorme,
Noelia