Raíces

Hola amigo/a,

Hace unos días celebramos el 18 cumpleaños de Víctor. Llevábamos meses preparando la sorpresa con familia y amigos, vídeo proyección de fotografías, recuerdos, música… Todo pensado para recorrer, en apenas unos minutos, una vida entera.

Mientras veía desfilar aquellas imágenes, me di cuenta de que, sin saberlo, también estaba viendo dieciocho años de educación y entonces entendí el concepto de educar:

Educar es construir raíces antes que alas. Es sembrar valores y confiar, incluso cuando todavía no vemos el fruto, en que todo aquello que hoy parece pequeño acabará definiendo la persona que llegará a ser.

Vivimos en una sociedad que nos pregunta constantemente qué queremos que sean nuestros hijos cuando sean mayores.

¿Médicos? ¿Ingenieros? ¿Empresarios?

Pero muy pocas veces nos hacen una pregunta mucho más importante.

¿Qué clase de personas queremos que lleguen a ser?

Porque, al final, la profesión es solo una parte de su vida.

Lo verdaderamente importante es que sean personas honestas, generosas, valientes, agradecidas… personas capaces de hacer un poco mejor el mundo allí donde estén.

Durante la proyección sonaba una canción que siempre me emociona: I Lived, de OneRepublic.

Hay una frase que resume perfectamente lo que sentía en ese momento:

«Espero que hayas vivido cada uno de tus días.»

Y pensé que, quizá, esa sea una de las mayores enseñanzas que podemos dejarles.

No solo enseñarles a ganarse la vida.

Sino enseñarles a vivirla.

A disfrutar de las pequeñas cosas.

A levantarse después de cada caída.

A tratar bien a los demás.

A amar sin miedo.

A ser buenas personas incluso cuando nadie les mira.

Con el paso de los años me doy cuenta de que nuestros hijos olvidarán muchas de las cosas que les dijimos.

Pero difícilmente olvidarán cómo les hicimos sentir.

Si hoy tienes hijos pequeños y algunos días terminas agotado, si sientes que repites las mismas normas una y otra vez, si dudas de si todo ese esfuerzo está sirviendo para algo…

Quiero decirte una cosa.

Confía.

Las semillas crecen bajo tierra mucho antes de que podamos verlas.

Existe una planta que siempre me ha parecido una maravillosa lección de vida: el bambú japonés.

Durante años parece que no ocurre absolutamente nada.

Lo riegas.

Lo cuidas.

Lo proteges.

Y, sin embargo, la tierra sigue igual.

Muchos abandonarían pensando que todo ese esfuerzo ha sido inútil.

Pero lo que no ven es que, bajo la superficie, está ocurriendo lo más importante.

El bambú está creando un sistema de raíces fuerte y profundo.

Solo cuando esas raíces están preparadas, sucede algo extraordinario.

En apenas unos meses puede crecer varios metros.

No ha crecido de repente.

Simplemente llevaba años preparándose para hacerlo.

Con nuestros hijos ocurre exactamente igual.

Cada abrazo.

Cada conversación.

Cada límite puesto con amor.

Cada ejemplo.

Cada comida en familia.

Cada «estoy aquí».

Todo eso está echando raíces, aunque hoy no puedas verlo.

Y un día, casi sin darte cuenta, esas raíces empiezan a florecer.

Al mirar hoy a Víctor no sentí orgullo porque cumpliera 18 años.

Sentí orgullo por la persona en la que se está convirtiendo.

Y comprendí que, probablemente, ese sea el proyecto más importante de nuestra vida.

No construir una empresa.

No comprar una casa.

No acumular éxitos.

Sino ayudar a construir personas capaces de hacer un poquito mejor el mundo con su forma de vivir.

Al final comprendí que educar no consiste en preparar el camino para nuestros hijos.

Consiste en preparar a nuestros hijos para cualquier camino que la vida les ponga por delante.

Así que hoy solo quería recordarte algo.

No esperes a que llegue una ocasión especial para abrazar más fuerte.

Para sentarte a cenar sin mirar el móvil.

Para reír.

Para cocinar juntos.

Para escuchar una historia más antes de dormir.

Para crear recuerdos.

Porque los recuerdos no se pueden fabricar cuando el tiempo ya ha pasado.

Y quizá, dentro de unos años, mientras veas desfilar fotografías de toda una vida, descubrirás que aquellos días que parecían normales fueron, en realidad, los más extraordinarios.

Porque el tiempo pasa.

Los niños crecen.

Pero el amor, el ejemplo y todo aquello que sembramos en ellos… permanece para siempre.

«Porque un día dejarán de necesitar que les lleves de la mano… pero nunca dejarán de caminar sobre los valores que les enseñaste.»

Un abrazo enorme,

Noelia

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